Edwin Antonio Gaona Salinas
RESUMEN
En la
pequeña árnica va mi alma.
Tanto
peso de una vida de tropiezos,
de
ensimismadas aguas de río,
suscitadas
de la catarsis de demonios
pisoteando
las orillas, asechando mis bondades,
con esos
reflujos y evocaciones a la injusticia,
que pesan
como recuerdo en mis células viajantes.
Cuán
moribunda vuela mi árnica.
En esa
pequeña lana, van mis despojos
después
de haber sido resumidos a alma,
filtrados
por la intriga celestial,
con la
carga nocturna de engaños humanos,
con esas
tardes pobladas de miserias.
Ahí va
libre, con ínfulas que solo azota el viento.
Con esas
abrazadas aguas de marinero
de puerto
esperanza,
de portal
y beso en amor lejano,
amenazadas
de cancerberos,
de arena
muerta, de esparcida cosmogonía,
que solo
anhela más viento para ir.
Quizá
venga un poco de polvo del que fui carne,
del que
el anatema embriagó en el pulpito,
expropiando
con exorcismos mis demonios sencillos.
No tumbó
mi cuerpo el puñal ni el plomo,
lo tumbó
la lágrima de tus rocíos,
azuzada a
matar con las befas del tártaro
que no
son nada en otros corazones,
y sin
embargo, fueron mi veneno.
SE BUSCA UN HIJO…
El cielo débilmente blanco,apaciblemente enfermo,escéptica la mueca al madero del crucificado,los labios en los senos que los seca el tiempo,la guedeja lánguida con la noche de sus hojasy los ojos un torrente de apetencias diluviasformando el lagrimal de océanodonde van todos los que lloran…Allá mismo van,a esa cierta mortandaddonde ladra el siglo decadenteinyectado de locuras.Tantas acucias, locos insomnios,vergeles deístas,dioses con muarés de laca y sedalinaen plena ganga de comedia,mirando las cosas seriasde humanos perjudicados.Ellos tartufos electrocutados,mascotas de sus credoscon burlas de zancadilla y mofas.La víctima del cebo homicida,vagabundo en busca de la fosa.Acuciantes émulos en orales salmos imaginariosmordidos a la reja, al pecho fronterizo y al alma.El paso embriagado con lengua dispersa,pudenda desnuda en la cara triste de la locura,la noche derriba la peanadonde yace como flor cortada.Cada corazón frotando olíbano para sanar el almacon olivares por dentro en las noches de unción,con los cátodos difuntos y los beodos al aire.Una mirada global, empedernida busca:Alcalinas fumarolas marchitando las pupilas.Neo correría, frontal balanza de oro curada,con la mano en la cuenta, desfalco provenaen las noches desesperadas.Ósculos rojos y lobos imaginarios…Vampiros monetarios en la limosna,Las debacles de la zona cero andantes.Hidras en Banco de capitales y corazones rotos.Despeadas almas de carpinteros voladores.Los nutricios en sueños, las niñas ni zuecos…,coturnos hablantes con los pulgares ajados.Riachos oscuros, amarguras inmundas volandocon historias feéricas del cuento pasado.La ofrenda vestal sin retorno de abundancia,jaras rozadas por la penumbra y la ola.Los metales trémulos entre el molinode los sudores y los halos del brujero,la cara de los ojos niños en la cara yertacon ronzares de glotoneríahasta el fin de las monedas.Luego las mentes a las voladas,al negocio de los mártirescon hipogrifos escondidos.Las caras vacías en las noches emergentes,fragmentos de conciencia con nubosos absurdos,con las sílfides ausentes,alas rotas sin recuerdosde cuando la vida era aurora,rocío y arrebol,mirando las estelas y las luciérnagas amigas…Ahora, ese ahora perverso,hiere a la madre en sus pétalos otoñales,no tiene florilegio, ni día, ni calmapor los pasos de su sangre,sangre sin destinoque no sabe, cuándo volverá.Sangre de la noche que nadiesabe curar...¡Si ves en el caminoun alma errante…!Quizá tu mano le pueda salvar.
LO APEDREARON.
Un día la hija
interrogaba al padre,
porqué desapareció
el hombre que vivía
en la esquina…
(Contestó el padre)
Caminó por el silencio
en esas noches de ciudad egoísta,
asediado de motores
y vidrios oscuros, miopes.
Con la lluvia devastando cigarras
lloraba sus desventajas,
con la sabiduría de Queron
y la vieja alma de Arneo,
como si ya viejo
quisiera dejar consejo.
(Preguntó la niña) ¿Acaso estaba solo?
Había vivido toda su vida,
solo
bajo el puente.
(Preguntó la niña) ¿Nadie lo vio?
Mentira, una gran mentira.
Toda la ciudad, toda lo vio.
Su hipocresía de mirar a un lado
sigue apedreando almas.
Esa ciudad pasó
en promedio sobre el puente
unas dos veces al día
durante su vida
y nadie lo vio.
(Preguntó la niña) ¿Y nadie, nadie lo vio?
Sus sangres los llevaban
perdidos, locos, en carreras.
Eran caminantes ciegos.
No hubo buen humano en esa vía,
ni monje, ni bautista.
Muchas veces resultó escayolado
con sus propias tiras
y sus propios yesos
curándose de las pedradas.
(Preguntó la niña) ¿Las piedras lo mataron?
¡No! Le gustaban las piedras,
los cuarzos del parque,
los hielos llorosos del silencio,
las bocanadas de madre de los ladrones,
las esquinas frías,
las gotas de hipocresía derramadas en el pasto.
El arroz caliente cocinado en tulpas.
¡No! No lo mataron las piedras.
Se murió de pena.
(Dice la niña) ¡De pena!
Si, de esa que deja el motor atropellando,
esa del parto y la madre muerta.
De esas con opera de réquiem
resucitando lágrimas al unísono.
De esas sumidas en una pieza musical
de vallenato sentimental
hiriendo.
Todos pensaban que tendría mal de soledad
y eran los ciudadanos
que llevaban la peste ciega,
habían pasado mirando al vacío como flechas.
No lo miraron nunca,
nunca buscaron sus ojos
aunque él, saludaba buscando su reflejo
en los vidrios de sus privilegiados edificios.
Nadie lo miró.
Eran ellos, los que pasaron
dos veces en promedio
durante toda su vida
sobre el puente.
(Dice la niña) ¡Dos veces!
Si y lo apedrearon,
dos contadas por él mismo,
todos los días y no lo vieron.
Miles de veces lo apedrearon
en frente de Cristo,
con multitud y todo
en los viacrucis públicos simulando pechos
golpeados.
Millones de veces le mintieron los políticos
y millones de veces
le siguieron robando.
Algunos lo están estudiando
y dicen que murió
al no soportar infinidad de mentiras.
Era único,
él no fumaba frente a los niños,
comía prudentemente
para que no saliven los caminantes,
escondía
sus zapatos rotos bajo el cartón
para no dañar su autoestima.
Al final,
y solo al final
también se acostumbró a mirar al vacío.
Aunque murió de pena
dejó diciendo:
Qué, no lo busquen…
(Preguntó la niña) ¡¿Qué no lo busquen?!
¡Si! Qué todo está perdonado,
que muerto solo tendría gusanos…
Una noche de huracanada,
gritó bajo el puente
aterrado por los rayos.
Gritaba que le teme a la tormenta
al frío muerto, al alimento frío.
Luego solo gritaba,
gritaba sudando las sangres viajeras:
Si las estatuas viejas no se libraron
me libraré yo,
que soy apenas ronroneo de sangre
y carne vieja.
Me duelen mucho esas pedradas
de los que no ven.
Lo gritaba buscando
su propio destierro.
…
Y se acabó. Dicen que los rayos
lo llevaron al cielo.
(Preguntó la niña) ¿Y quién lo vio?
Lo vio humildemente
la acera embriagada de dolor.
Esa esquina de figuras pasajeras,
lo vio
y lo lloró instantáneamente,
lo lloró la planta de sus innumerables cruces
y las aguas negras
que encendieron su color.
Lo lloró su perro
que sigue abandonado,
escudado en aquel puente
donde tiene sus recuerdos y su pena.
Ahora, lo llora el rumor.
Muy por la mañana vinieron
sus amigas las almas,
para llevarlo a enterrar,
pero no pudieron.
Mas pronto llegó la funda negra
destinataria de los muertos en la calle,
y se lo llevó…
¡Cómo le temo a las fundas negras!
y al gorrión que puso réquiem mañanero.
Aún dicen,
que los rayos se lo llevaron,
esos rayos que caen
en los frízeres silenciosos
y profanos,
de las morgues públicas.
FUE AYER
Fue por la noche cuando las llamas
eran nuestras,
con el vino fundido
y la carne retozando.
Fue por la madrugada
cuando las sedas
vencían a los cuerpos
en busca de los sueños.
Fue en el camino
cuando el sol templaba
al musculo con sus lanzas,
y las venas jamás respondieron.
Fue con la explosión de la lengua,
y las manos hecho-fieras,
que la palabra sofocada
tenía vergüenza.
Fue del volcán
que resumió consuelo
en las laderas llorosas
de la choza y el viento
Fue en la tarde cuando la hora
sufría la forma apacible de irse
con el mismo latir
de los ojos sin lágrimas.
Fue en el crepúsculo
donde el gallo ya no estaba
y la senda seguía abierta
en las pupilas sin destino.
Fue como dicen las hojas:
Un suspiro verde
y al otro día, solo tierra
en la raíz del cielo.
TENGO UN
FOGÓN ETERNO.
Era en la noche
cuando
buscábamos los milagros,
y en el cielo
algunas estrellas
renovaban la
esperanza,
aunque el
granero poco a poco
quedaba sin
reservas…,
lo que nunca
pudo faltar
fue la
esperanza.
La madre ponía
entre las tulpas
a secar el
hueso que guardaban,
precisamente
para soportar la sequía.
Tan duro que
pasábamos
noches y noches
hirviendo el
mismo hueso
para tomar la
misma sopa.
Algunas vacas,
de milagro
caían a los barrancos
en las vísperas
de la escasez,
marcando con
sus validos su tristeza
y luego
recogíamos
hasta el último
pelo.
Aunque había
pena…,
el mundo era
así,
las vacas nos
habían dado
leche y carne
por siglos.
Le acompañaba a
la noche
la madre
sentada cerca del fogón.
Solo el zumbido
de la olla cantaba
acompasada de
las llamas
que chirriaban
su eternidad
en una
desintegración brutal de la leña.
Ese calor del
fogón era dulce…
Se quedó
eternamente dulce
con el niño que
pedía que lo acurruque
y con sus
huesos tiernos,
casi
adoloridos,
escapándole al
tiempo.
La olla,
una sofisticada
forma del barro
que atrapaba el
sabor perfecto
de la leña y el
hueso.
A veces,
convencida de
vencer el infierno
de sus brazas y
sus llamas hipócritas.
Era dulce el
calor,
pero letal y
desgarrador en las carnes,
aunque todavía
me confunde
si ese fogón
nos salvó la vida
o fueron las
vacas muertas,
o las hambres
mismas
que nos
mantenían respirantes.
En aquel fogón
sueño,
con las manos
de mamá abrigándome.
Hace días volví
a sus abrigos…
En aquel lugar
pleno de recuerdos
donde la olla
sigue cantando,
siempre sueño…,
solo que ahora
no calma el hambre,
mas bien,
enjuga los ojos.
Los huesos que
hervíamos varias veces
aún dejan el
aroma
del hambre que
llevábamos,
y desde esa
noche hasta ahora
siguen
hirviendo,
ojalá en todo
este tiempo
ya podamos
beber de su alimento.
Sigo arrullado
con la forma
perfecta del tiempo
y ahora
hasta daría mi
piel por volverlo a sentir.
Atizando el
fogón,
el mismo fogón,
que proveía
cuando el
hambre
nos mantenía
vivos.
HUYE…
Huye vida mía,
sepárate de mis
narices.
Vaga
estrepitosa, aturdida,
entre el caos
de tus respuestas,
en los vientos
amargos de la distancia
y la media
noche del tragamonedas.
En la fumarola
gris de tu cabeza
que deja la
coca infierna.
Anda… camina,
sobre montes y
llanuras,
ábrete en la
pelvis flaca de la muerte.
Espárcete en
las miradas,
deja que zumbe
fiero,
el escándalo de
las penas
refugiando el
clamor en tus arrugas.
Enfría el
rescoldo de mis cenizas.
Así queda mi
herida,
sangre sin aura
tirada por el
desconsuelo.
Te ausentas
sumida en el
destierro
de mis células
muertas,
pegada en las
polvaredas,
camino al
infierno,
como la flor
intocable
al nido de
gallinazos,
bajo la burla y
el olvido,
de mis palabras malditas.
LA HERENCIA DE JUAN
Úteros pariendo
murallas con
alma,
cuerpo de
sombras
por nacer sin
ser.
Lagos de sangre
mil venas
vacías,
naturaleza
muriendo
sobrenaturales
creciendo.
Hombres
convertidos,
mujeres
contagiadas.
Dios mío…
Flores al
duelo,
sueños al aire.
Hombres sin
sexo,
mujeres a
hombres.
Los hijos
olvidados.
Los úteros sin
semillas,
el cielo sin
sombra
la llama
creciendo
la asfixia
llamando
el final
huyendo.
Viracocha con
botas,
el palacio en
orgía.
La
clandestinidad más oculta…
José con
maletas
María ahorcada
con trenzas,
Juan llorando
sin zapatos.
Las estirpes
exportando viejos.
Mi tumba,
construyendo poemas.
POETAS, QUIJOTES MUERTOS
Palabras
desparramadas,
voces cuerdas
vertidas entre los nabos.
Demasiado
tristes entre las coles.
Clamor
brutalmente absurdo
nacido para el
corazón,
pisoteado por
salir del alma,
muerto por
nacer de un loco.
Poetas
caminantes, ruegos… lamentos.
Quilates de
sinceridad en paisajes bárbaros.
Cerebros secos,
vulgo convencido.
Risa loca,
castillos de agua.
Princesas,
delicia domada.
Gloria eterna y
final de ojos abiertos.
Poetas
llorosos…
Aventureros
estacionados,
soñadores sin
noche,
Quijotes sin
Dulcineas.
El tiempo nos
mata.
El río nos
carga.
Somos los
Quijotes vivos
rodeados de
yertos vivos.
MUNDOS
ESCRITOS
Una noche cualquiera
llegue a su amanecer
abrazando los sueños,
de escritos mundos de ayer:
Estaba don Quijote
en los molinos de la Mancha,
planteando en el estrado
demandas a los gigantes,
sin su demencia,
con pluma de caballero andante.
La ínsula prometida a Sancho
bufaba frente al desierto,
Sancho entraba en depresión
por la melancolía
de no tener Dulcinea.
Pobrecito mi patrón
cantaba Cabral
y Salomón,
ponía sus mejores aforismos
para las muchachas del barrio.
Melquiades inventaba el crac
y lo prohibía en Macondo.
El obispo que comía crestas de gallos
le subió el colesterol.
El coronel
comenzó a recibir correspondencia,
ya tenía quien le escriba.
Sayula y Macondo
no volvieron jamás a ser novelescos,
la fama inclemente los contaminó
y su naturaleza quedó contagiada de estrés.
Se reformaron los círculos del infierno de Dante
y se resumieron a dos,
el de los pecados de la internet
y los de las armas, el resto no es pecado;
desapareció el purgatorio
y cayo el cielo a la tierra.
Romeo y Julieta aún viven,
pero en unión libre,
Shakespeare para evitar la tragedia,
decidió reescribirlos.
La caperucita roja, anda de negro
de pena del lobo
haciéndose eco de la federación protectora de
animales.
Poe dejó sus melancolías
para rehabilitar drogadictos
y Bukowski aún no decide
cuál es el mejor de sus vicios.
Neruda a formado el coro más grande del mundo
con Canto General y algunos poemas de amor.
Las venas abiertas de América latina
siguen con sueros,
soportan inyecciones letales
en cuidados intensivos.
En el país de
nunca jamás,
han crecido los
niños y las hadas.
El siglo de las luces está opaco
por las sucias intrigas.
Rayuela siguió apeltronandose,
y le hicieron sopa de letras.
Pantaleón y las Visitadoras llegaron a la Casa
Verde.
La edad del tiempo
aún está por descubrirse.
Los heraldos negros
alcanzaron el eco en las elegías a las
pléyades.
Homero concurrió a la feria del libro de Madrid
llevando solamente La Ilíada,
adujo que la odisea la venderá en América.
Benedetti sigue haciendo Poemas de la oficina,
sacándose el corazón para sus escogidos renglones.
El ego de Sábato ha crecido
y sigue siendo uno y el universo.
Ya todas las
niñas
tienen un país
de las maravillas.
Nietzsche ha
confirmado desde hace días
que Dios está
vivo,
incluso se
saludan en África.
Ya no se hacen hechizos en Hogwarts,
las baritas
mágicas son secreto de Estado.
Westeros se ha
copado de historia,
funciona como
museo.
La tierra media
no tiene orcos,
los hobbits
tocan rocanrol.
Los miserables
han logrado ser banqueros.
Rimbaud aún
vive poetizando en simbolismo.
Todos los
poetas
están rimando y
protestando,
nadie quiere
dejar el coro de ángeles,
es la única
forma de ir por el mundo en canciones.
La vida es
bella, sigue bella, se mata con hambre.
Las novelas
negras son prismáticas,
las románticas
enferman,
las diabólicas
ya no asustan,
las mágicas
postergan.
Las poéticas
dicen la verdad y alumbran.
Los mundos se
escriben y se sueñan.
Mañana buscaré
algo
como el
amanecer
para buscar en
mi destino
otros mundos
escritos.
Y hoy les dejo
el recital
de los poetas
vivos
entre las
esculturas
de las manos de
Dios.
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